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Mientras escuchaba en la radio española las últimas informaciones sobre el movimiento de protesta actual en El Aaiún, que no contesta en modo alguno la unidad nacional de Marruecos, pude percibir una mirada completamente diferente sobre lo que yo mismo creía percibir sobre este particular acontecimiento. En la mirada española vislumbraba, en la presentación de datos sobre el terreno, una forma de dar cuenta de la realidad que no se correspondía, en absoluto, con la imagen que nosotros mismos nos hacemos sobre el mismo hecho.

 

Con respecto a la versión aportada allende el Estrecho, difería la organización de los hechos vertidos y el desarrollo de los acontecimientos, destacando la particular tonalidad de las “informaciones” que provenían de España.

La mayor parte de nosotros procedía, no obstante, a verificaciones y autentificaciones, relativizando las versiones demasiado unilateralistas de las informaciones que llueven sobre nosotros. Esto se repite, en varias ocasiones. Son muchos los lances que ponen en cuestión a los periodistas españoles, como ocurrió con el asunto de Aminatú Haidar.

 

Cada vez que la mirada española se posa sobre Marruecos, se convierte en un episodio más de una guerra de percepciones que no termina. Se impone la alerta, un llamamiento a la vigilancia, a la equidad y, sobre todo, a la honestidad. Muchos intelectuales españoles son conscientes de estas visiones un tanto forzadas.

Es cierto que nosotros marroquíes, por otra parte, no tenemos la razón absoluta sobre absolutamente todos los temas y que nuestra realidad de las cosas es aquella que nosotros estamos dispuestos a desarrollar, sin hablar de los enormes déficits de nuestra comunicación alrededor de la imagen de Marruecos y de sus acciones públicas. Muchos marroquíes, y yo soy uno, están convencidos de que nos las vemos, alternativa y  sucesivamente, con dos Españas diferentes, según coyunturas, variables, respectivas situaciones nacionales, circunstancias que prevalecen en el conjunto de la región y el contexto internacional.

 

De un lado, la España histórica heredera de un pasado de conflictos, confrontaciones, malentendidos, prejuicios y otros... De otro, la España democrática reflejo de la modernidad política, económica y cultural, que no se aleja más de la cuenta de la vía de las percepciones inapropiadas y comportamientos “cerrados”. Sin caer en lo “políticamente correcto”, desearía que la España democrática y moderna, al mismo tiempo que el Marruecos

democrático y moderno, se impusiera sobre los aspectos arcaicos que, sin embargo, debemos también asumir.

 

kántara número 1 / Noviembre 2010